Hay una verdad sobre la corrección que quiero poner sobre la mesa: los correctores carecemos de alma. Espera, creo que estoy siendo un poco extremista. Sí, tenemos alma, pero es muy pequeñita. ¿Por qué digo esto? Por el sentimiento que se espera de nosotros cuando terminamos de corregir una obra ajena. Me explico con una frase directa al corazón: una cosa es corregir y otra cosa es leer una novela tranquila en el sofá con una copa de Prados en la mano, sin ninguna preocupación. Los escritores me miran con fuegos artificiales en los ojos y me preguntan con fervor qué me ha parecido la novela. Pero yo no he parido la obra que me llega, no es mi hija, no tengo sentimientos por ella, mis emociones son inexistentes. Tampoco he invertido mi tiempo en crear todo ese universo de personajes que me habrían acompañado durante meses hasta la obsesión, hasta querer que salieran de mi mente y poder compartir techo, comida y alquiler. No, yo no he concebido emociones con esa obra. Creo que ha quedado claro, cuando comienzo con la corrección, empiezo de cero, pero el escritor no, el escritor llega a mí con el frenesí hasta las sienes.
Bien, continúo. Cuando termino mi trabajo de corrección después de semanas, debo reconocer que las emociones han subido un poco en la escala de Ritcher, el movimiento sísmico ha sido un microsismo, imperceptible para las personas, aunque algo sí se ha movido. Así que lo peor llega cuando el escritor me pregunta qué me ha parecido (que, ojo, entiendo la pregunta, que yo también la haría), y solo pienso que no soy la adecuada para responder. ¿Por qué? No me engancha una novela que corrijo, no dejo de corregir a mi hora y pienso: «Ay, ojalá que llegue mañana temprano para seguir con las aventuras Peter en apuros». No. Lo mío es un trabajo que requiere tiempo, detención, parón, respiro, cotejar, preguntar. Necesito fijarme en todas las partículas de la oración, si son coherentes, si se relacionan con el todo, si es posible encontrar un sinónimo o es mejor quitar la palabra, si se ha empleado varias veces la misma expresión. Y eso cansa. Es cansado a la larga. No se disfruta, se trabaja y se tarda más en «leer» la historia que tengo delante.
Por cierto, Pregunta para los curiosos, ¿se puede disfrutar lo mismo corrigiendo un ensayo sobre energía nuclear que una novela actual sobre un hombre que vende impresoras y viaja en el tiempo a través de un escáner? Se puede. Posiblemente con el ensayo aprenda más, eso sí. Pero a lo que voy es a que el tema no importa tanto, porque el trabajo va a ser el mismo. Pulir el texto. Y cuanto mejor me llegue a mi bandeja de entrada, mejor para mi estabilidad mental.
No obstante, hay que tener en cuenta que cada escritor tiene su estilo, y por muy bien que esté esa novela, yo me saturo de ese estilo. Me saturo si tiene muchas metáforas con doble sentido, si tiene escenas repetidas, si tiene descripciones de paisajes. Y esto una vez. Y otra. Y otra. Da igual, puede ser una gran obra. Al final, necesito cambiar, moverme, emigrar a otra historia, exiliarme a otro género, otra novela, quizá una maqueta o un informe de lectura, donde ahí sí puedo desplegar a gusto y con convicción mi punto de vista. Es preciso salir del campo de minas, con la metralla todo el día pegada a la oreja, y montarse en una balsa de un río de un parque temático con figuritas de corchopán mirándote desde la orilla. Relax.
Y, es más, confesaré que sí hay un porcentaje muy pequeño del que yo puedo disfrutar. Lo admito, vale, tenemos alma, pero es pequeña, ya lo dije al principio. Pero no os vengáis arriba, porque el disfrute verdadero, genuino y auténtico puede ser superficial y a trozos, como los de una tarta de cumpleaños. Es decir, me ha pasado muy muy muy poquitas veces que me he enganchado a una novela que estaba corrigiendo. Pero muy pocas veces, y del género que me gusta: el romance. Y esas veces he sido consciente de que no estaba corrigiendo, sino leyendo, y he sentido miedo y me he recriminado mi actitud, porque realmente no estaba cumpliendo con mi trabajo. Pero esto no quiere decir que no sea consciente del talento del escritor. Esto no tiene nada que ver. Repito la idea: yo corrijo, no leo en el sofá.
Y hablando de correcciones (como si no estuviésemos hablando de eso ya), corrijo dos veces una novela. Y es curioso, porque la primera vez si me entero regular de la historia o hay lagunas sustanciales sobre la trama, agujeros de guion, eso se subsana con la segunda vez que corrijo. Esa segunda ronda cambia todo de manera exponencial. Es como si por la noche hubiese dormido con unos cascos reproduciendo la novela que estoy leyendo, como los métodos que se empleaban en los años cincuenta, llamados hipnopedia. Tú te ponías un curso de chino mandarín por las noches, y en unas semanas ya tenías hasta los ojos rasgados. Pues eso me pasa a mí, porque con esa segunda corrección me entero muy bien y comienzo a hilarlo todo con trocitos de lana naranja en la pared.
Así que cuando un escritor me pregunta que qué tal la novela de trescientas setenta y dos páginas que acabo de corregir, yo sí, le cuento mi impresión de manera resumida, pero María no está para eso. María está para captar errores como si no hubiese un mañana, para ver palabras repetidas, anacolutos, elipsis nominales (que de estas hay un rato), y para derrumbarse en una alpaca cual campesina trabajando horas al sol después de la jornada, sabiendo que el trabajo realizado ha sido de provecho.
En verdad, ahora que lo estoy pensando, sí tenemos alma, un alma inmensa y descomunal que se desvive por que la obra se publique con acabado profesional. No, no hacemos milagros, pero lo que sí es seguro es que tenemos una máxima, tengamos el alma del tamaño que sea: hacer el contenido legible para el lector, el que realmente os tiene que describir qué le ha parecido esa historia con la que habéis vivido obsesionados durante meses. Brindemos por ello desde el sofá.


































